Juguetes que abren caminos: una invitación a elegir mejor

La Navidad es una época de tradiciones, encuentros y regalos. Para los niños y niñas, es un momento de alegría e ilusión porque esperan con ansías los juguetes que recibirán de sus familias. Sin embargo, como sociedad pocas veces nos preguntamos qué mensajes transmiten esos regalos y qué aprendizajes estamos compartiendo. 

Este artículo propone reflexionar sobre los tipos de juguetes que entregamos y sus implicaciones, especialmente en un país marcado por la violencia y la desigualdad social.

Juguetes bélicos: normalizar la violencia desde la infancia

Los juguetes bélicos orientan la imaginación infantil hacia el uso de la fuerza: disparar, perseguir, dominar. En un país marcado por el conflicto armado y la violencia urbana, naturalizar armas (aunque sean de plástico) no es un detalle menor.

De hecho, la Ley 18 de 1990, prohíbe en todo el territorio nacional la fabricación, importación, distribución, venta y uso de juguetes bélicos, definidos como réplicas o imitaciones de armas de fuego, armas blancas y vehículos de guerra. Sin embargo, la comercialización continúa tanto en tiendas locales como en plataformas internacionales.

En este contexto, la cultura de violencia está tan arraigada en nuestra sociedad, que estos objetos aun siendo falsos, suelen emplearse para intimidar en actos delictivos, especialmente entre jóvenes.

Los regalos no son inocentes: moldean roles y comportamientos

En muchos hogares colombianos, cada diciembre se repite la misma escena:

  • A los niños se les regala una pistola de plástico, un tanque a control remoto, un balón, una camiseta de su equipo de fútbol o unos guayos.  
  • A las niñas les llegan cocinas de juguete, cochecitos con bebé, muñecas que lloran o kits de aseo.

Estos regalos no son inocentes ni casuales. A través de ellos, las personas adultas reproducen expectativas y estereotipos que la sociedad ha naturalizado durante décadas, moldeando desde muy temprano la relación de niños y niñas con la violencia, el poder, la fuerza, el cuidado y la subordinación. Así se refuerza el machismo estructural y se instalan dinámicas de relacionamiento donde siempre hay una parte que domina y otra que es dominada. Estos objetos no solo entretienen: educan, condicionan y legitiman roles que sostienen las desigualdades y las violencias que después decimos querer erradicar.

Ante la preocupación por los juguetes bélicos, muchas familias optan por reemplazarlos con balones, bicicletas o raquetas. Si bien estas alternativas son preferibles desde una apuesta por los Derechos Humanos y la cultura de paz, también evidencian cómo seguimos asignando a los niños un camino autorizado hacia la fuerza, la competencia y el reconocimiento, mientras otras posibilidades, el arte, el cuidado, la creatividad, y la cooperación quedan relegadas. Cambiar un arma de juguete por un balón es un avance, pero no cuestiona de fondo el mandato social que sigue definiendo qué se espera de ellos y qué se les permite imaginar.

El deporte puede ser un espacio para aprender disciplina, cuidado del cuerpo y resolución de conflictos sin recurrir a la violencia. Sin embargo, también es necesario preguntarnos qué tipo de masculinidad estamos reforzando cuando solo se fomenta la fuerza, la competencia y la exposición pública en los niños, relegando su presencia y responsabilidad dentro del hogar. No basta con cambiar el objeto: hay que cuestionar la lógica que lo sostiene.

Mientras tanto, la mayoría de niñas sigue recibiendo juguetes que reproducen el trabajo doméstico y las tareas de cuidado: cocinitas, escobas, biberones, carritos de mercado, muñecas que deben atenderse. Desde muy pequeñas, ellas aprenden a servir, organizar, limpiar y cuidar; ellos, a accionar, liderar, competir y ocupar el espacio público.

Esta división temprana moldea imaginarios que acompañan toda la vida: los niños son formados para la acción y la técnica; las niñas, para la entrega y la disponibilidad emocional. No es casualidad ni inocente: es un sistema que se reproduce incluso en la economía de los juguetes. Los estereotipos de género persisten, y además, se han convertido en un negocio rentable que asigna belleza, cuidado y pasividad a los juguetes “para niñas”, mientras que los “para niños” privilegian la fuerza, el poder, la aventura y la profesionalización.

Organismos como la UNESCO han advertido que estas diferencias tempranas no se quedan en la infancia: influyen más adelante en la elección de asignaturas, intereses vocacionales y trayectorias profesionales, profundizando brechas en el acceso a oportunidades educativas y laborales. Lo que empieza como un regalo termina moldeando horizontes de vida.

El juego es un derecho, no un lujo

El juego está reconocido como un derecho en la Convención sobre los Derechos del Niño. La pregunta no es solo si juegan, sino cómo y con qué juegan.

Regalar juguetes bélicos transmite un mensaje ambiguo: la violencia puede ser un juego aceptable, incluso divertido. Regalar solo balones a los niños y solo cocinitas a las niñas refuerza una división sexual del trabajo que luego se traduce en desigualdad económica, sobrecarga de cuidados y limitación de oportunidades.

La buena noticia es que existen alternativas. Diversas guías de organizaciones y entidades públicas recomiendan ofrecer a niñas y niños una gama amplia y equilibrada de juguetes que promuevan la creatividad, la cooperación, el desarrollo emocional, la actividad física y la equidad de género. La idea no es eliminar ciertos juguetes, sino ampliar las opciones y permitir que niños y niñas exploren intereses diversos sin ser encasillados.

Una invitación a elegir conscientemente

La pregunta no es solo qué regalamos, sino por qué lo hacemos. Cada juguete transmite valores, moldea comportamientos y abre o cierra posibilidades para el futuro. Ser conscientes del impacto de los juguetes bélicos y de los estereotipos de género permite formar nuevas generaciones más libres, más igualitarias y más preparadas para construir una cultura de paz.

Regala paz

Que esta Navidad sea una oportunidad para regalar juego, sí, pero también libertad, dignidad y posibilidades reales. Que ningún niño o niña tenga su horizonte marcado por un juguete que impone roles o destinos. Regalemos opciones, no mandatos; caminos abiertos, no futuros prediseñados. Porque el juego también es un acto político y puede ser, si lo elegimos, una apuesta por la igualdad y la paz.

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